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Hacía calor.

El niño, a ratos, golpeaba el vidrio señalando a las palomas que volaban alrededor de las copas de los árboles.

—Mamá, ¡loma!, ¡loma! —gritó feliz con el dedo en el cristal.

—Baja de la silla y ven.

La orden tuvo más de costumbre que de autoridad.

Él siguió allí.

Ella se sentó en el sofá. Estaba cansada. Mucho.

Hacía calor. Demasiado. Cerró los ojos, quería dormir y agradeció ese pequeño instante de silencio.

Una ventisca brusca cruzó el salón. Se incorporó, vio la silla vacía, la ventana abierta.

No se quiso asomar.

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