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Estiró la mirada hacia ella. Sus antiguos ademanes de ciudad iban desapareciendo. También la voz semidesnuda. Solo la respiración seguía insolente con la mirada tan escarpada como al principio. Cobró valor y le tendió la mano de siempre, pero ella no cruzó el abismo. Miró el anillo dorado en los dedos de ambos y se alejó quizá más de lo que hubiese querido. Los dos tenían demasiada vida adentro.

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