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Durante el velatorio, entró seguida de policías y una orden judicial. El desprecio de sus pasos avanzó hasta la mujer de negro que sollozaba junto al ataúd. La ignoró y posó sus uñas rojas sobre el cristal. Miró el cadáver del hombre calvo y dejó la huella de sus labios en el vidrio. Luego se volvió hacia todos.

A fuerza, los guardias echaron a los dolientes. Cuando se quedó sola, miró con desdén la rutina del mobiliario. Después, subió hasta el segundo piso. La habitación seguía en el mismo lugar. Al acostarse, percibió la violencia de un colchón distinto, pero pudo dormir tranquila y, por fin, sin preocupaciones. Siempre había detestado a esa amante de su marido y su familia de indigentes.

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