Han pasado muchos años y ahora que ya no tengo dientes, todas las mañanas, su imagen me acosa, más que antes, desde el espejo. Su llanto maldito también revive porque quedó atrapado en mis oídos. Y entonces, otra vez, recuerdo el crimen. Jamás he podido olvidarlo: la casa dulce, mi mano cerrando el horno, y ella, ella adentro, chillando desesperada por el fuego. Mi hermano, que en gloria esté, no pudo superarlo. Yo, en cambio, he aprendido a cargar con el peso de ese acto. Gracias al vasto tiempo, ese océano que todo lo calma, mis días ahora son apacibles. Hasta logro dormir sin sobresaltos. Solo el amanecer resulta difícil, cuando mi reflejo devuelve su inevitable rostro y sus gritos estallan dentro de mis orejas: ¡Por Dios, piedad! ¡Hansel, Gretel, abran la puerta!