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Respiras profundamente, con la nariz húmeda y el olfato atento. A pesar de la distancia que los separa, puedes ver en su rostro la fuerza del tuyo. Entonces ríes, y tu carcajada cruje la noche. Ella huye, pero cae una y otra vez en el salón, las escaleras, los pasillos. La sigues mientras su sangre te violenta, te insulta. Intentas una caricia y tus garras hieren su piel. Grita. Para apaciguarla, abres bien tus fauces para que comprenda tus palabras de paz, de amor, pero no distingue nada entre tus gruñidos. Como último intento solo atinas a reír otra vez y el castillo replica tu aullido maldito.

Ella se asusta aún más y vuelve a gritar mientras percibes que el verdadero dolor crece dentro, otra vez, para humedecer tus ojos y ahogar su esperanza. Y no quieres, no. La abrazas desesperado, corres hasta la habitación de siempre y, frente al gran ventanal de cortinas de terciopelo azul, le das un beso brutal. Dejas su cuerpo con el rostro destazado junto a los demás cadáveres y te alejas. Subes las escaleras hasta una de tus torres preferidas. Por la ventana, más allá del bosque y de tus tierras, vigilas en el horizonte la primera luz del alba y esperas que, bajo alguna de esas estrellas que se marchan, aparezca la mujer que sí crea, de corazón, en el amor infinito entre una bella y una bestia.

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