Oct
15
2009
Al terminar su elocución ante el estrado, sus manos nerviosas de abogada novata se agitaron como palomas gordas que aspiran alcanzar el cielo. Entonces, trató de sonreír, de parecer amable y se retiró a su sitio despacio, como pidiendo disculpas, dejando un hilillo de estupor con su delicadeza de elefante.
Durante varios segundos, en los presentes cicatrizó cada palabra oída, hasta dejarles una huella imperceptible en sus conciencias.
Ya en su asiento, la abogada volvió a intentar una sonrisa de mermelada, pero el gesto se extravió entre sus dientes. Su defendido la observó perplejo, derrotado, intuyendo que ni siquiera pondrían una suma para la fianza.
Se equivocó. Fue absuelto.
Y, mientras él la abrazaba efusivamente, ella le dio un minúsculo mordisco en la oreja. Erótico, sensual, que encerró en ese instante, todo el fuego de la tarde.
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Oct
8
2009
Cogió de la estantería una novela de misterio y se sentó en el estudio con la atención fija en la puerta. De espaldas al ventanal, trató de no mirar el inevitable parque de sauces mecidos por el viento.
Desde una foto en la pared, una mujer le miraba alegre.
De pronto, mientras pasaba las hojas de la novela, percibió la respiración del asesino y su sonrisa se crispó como una larga cicatriz en el rostro.
Empuñó el arma y esperó. Sabía que sus vidas eran solo tres sustantivos elegidos para este encuentro.
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Oct
1
2009
Al despertar, se miró con decepción. Seguía siendo Gregorio Samsa.
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Sep
24
2009
Con el tañer de las campanas, el pueblo se reunió en la plaza. Hubo vergüenza, dolor, pero no culpa.
La inmortal finalmente había muerto.
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Sep
17
2009
Miró la casa y no percibió mayor cambio. Las paredes estaban de un color más opaco, pero nada más. Afinó el oído, y percibió el mismo silencio de siempre. Sonrió. Quizás por timidez o nerviosismo. Vio la hora en su reloj y notó que había llegado temprano por un par de minutos. Qué importa, se dijo y tocó dos veces la puerta, pero lo hizo débil. No hubo respuesta. Dio tres leves golpes más, aunque con algo de renuncia. Desde la ventana del balcón, tras las cortinas, le hirió el golpe de una mirada conocida. Trató de soportar la violencia de lo opaco de las paredes e hizo un último intento en la puerta. Uno mudo. La mirada tras la ventana permaneció descarada y quieta.
Levantó la vista, simuló el hastío de no encontrar a nadie, dio media vuelta y se marchó.
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Sep
10
2009
Trastabilló. El eco replicó su torpe violencia. Afuera, la perra reanudó sus gemidos. Era un lamento largo y monótono, terrible. Él se detuvo estupefacto, horrorizado. Encogido entre las tinieblas, permaneció quieto, con la vista amordazada y enloquecida por la algarada de sombras. Solo cuando hubo comprobado que nada se movía, se tranquilizó. Se puso en pie y avanzó por el salón hasta la habitación, con el hipo abriéndole la boca, rajando su sonrisa que escupía saliva como lágrimas de disculpa.
Pero ella no lo escuchó. No estaba allí.
El dormitorio disecó todo en silencio, mientras el animal, en la calle, siguió aullando hasta perecer.
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Sep
3
2009
La noche fue demasiado larga.
Al huir, apenas pudo leer el titular.
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Ago
27
2009
Cuando el reloj dio las cinco campanadas, un grito atroz fulminó la mansión y desapareció el primer invitado. Al oscurecer, mientras el sol huía desangrándose detrás de los cerros, más de uno rezó en silencio una plegaria.
Durante la cena, los mayordomos retiraron con sigilo dos sillas más y todos reservaron sus comentarios. Solo el anfitrión hizo una furtiva alusión. Habló animadamente sobre Babel y Babilonia, y el ánimo se distendió hasta que las campanas volvieron a tañer.
Al mismo instante, una copa de coñac cayó sobre la alfombra y los demás se trasladaron a uno de los salones contiguos. Nada dijeron sobre el que dejaron atrás.
El dueño de la hacienda volvió a elevar su voz sobre el resto. Hizo un brindis por la vida, la amistad y el destino. Luego, la velada se prolongó hasta pasada la media noche, cuando el menor del grupo, vio a través de la ventana que la luna se ocultaba siniestra entre las nubes.
Al amanecer, la servidumbre aseó las habitaciones desiertas.
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Ago
27
2009
Desde cualquier sitio se podía sentir su presencia vil como el paso fugaz de una cucaracha. Antes era distinto, pero su mirada descendió hasta hacerse añicos y dejó en él la huella de un grito y una sonrisa macabra. En cualquier momento elevaba su voz aguda, irritante, de graznido salvaje. “¡Chíl! ¡Chíííl! ¡Chííííííl!”, repetía cada vez más alto hasta quedarse dormido. Solía orinarse echado en la cama, en el sillón, en donde fuera. Defecaba igual, siempre con su chillido terrible y su risa de encías cargadas de baba.
A pesar de nuestros esfuerzos encontraba el medio de escabullirse arrastrándose por el suelo. Solo cuando dormía encontrábamos la paz. Pero era una calma inerte como de arena deformada por el agua.
Han pasado muchos años y cada vez me cuesta recordarlo. Por eso grito “¡Chíl! ¡Chíííl! ¡Chííííííl!”. También me he sacado los dientes para retener su imagen en el espejo. No sé por qué nadie entiende lo que hago. Él solo tenía ocho meses.
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Ago
20
2009
Me acusan de maldad infinita, pero nada hay de cierto en ello. Mi naturaleza es tan vil como la de cualquiera. Además, nunca he pretendido perjudicar a nadie, aunque eso el vulgo no lo comprenda. También dicen que estoy maldito, pero debatir esto resulta inútil. A pesar de todo, su ignorancia y su precaria noción de la vida me inspiran misericordia. Por eso, cuando visito el pueblo, evito que noten mi presencia. Entiendo su temor ahogado de respeto. No en vano es noble mi apellido.
De noche, alguna vez he intentado pasear libremente por las calles que llevan los nombres de mis antepasados, pero el llanto de la plebe ahuyentó mis anhelos. Ahora solo voy si preciso de alimento. El resto del tiempo permanezco en casa. Por las ventanas me gusta mirar el firmamento porque me abriga cuando más lo necesito. Después, al bajar la niebla, paseo por los salones y visito a mis ancestros. Suelo contarle a cada uno la vida de sus predecesores pero quietos, en sus marcos dorados, no se inmutan. También les hablo de mí y de cómo sobrellevo la cruz del apellido. Mi retrato está próximo al de ellos, junto a un cuadro vacío por el hijo que no tengo. En ocasiones me gusta imaginar que sí y jugamos a las escondidas por los salones, las escaleras, las torres… Suelo enseñarle las constelaciones. Si me equivoco me abraza la pierna y se ríe. A él no le he puesto nombre, porque, después de tantos años, temo olvidarlo o confundirme. Solo le digo “hijo” y eso basta para ambos. A veces juego a que él se ha ido y regresa adulto. Entonces corro feliz hacia la puerta de este castillo para abrazarlo antes de que, con amor infinito, me hunda la estaca en el corazón.
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