Severo

Papá era de palabras breves. Economizaba también sus gestos y, por eso, entre nosotros, competíamos por alcanzar el beneplácito de su ceja levantada. Mamá también trataba de vencernos para atesorar esos escasos momentos, pero no tenía la fortaleza suficiente. Nunca la tuvo. La mañana en la que él se marchó, ella nos abrazó sin percatarse que la escasa pelusa sobre el ojo izquierdo de mi padre se estiraba lentamente hasta quedarse quieta. Siempre quise creer que nos regaló un último gesto de aprobación. No fue así. Ninguno se atrevió a llorar cuando el doctor terminó de apagar los aparatos.


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