Razón
La ira empezó a dominarle. ¡Era todo tan inaudito e inconcebible! Injusto, además. No podía concebir cómo ella era incapaz de apreciar el gran esfuerzo que había hecho hasta ese momento. Sintió que su enorme sacrificio resultaba inútil. Era evidente que no valoraba sus silencios apropiados o sus movimientos nada excesivos. Y, no, claro, eso no podía ser. Más si ella era quien le había pedido proceder de esa manera. Por eso, su mirada saltó en erupción desde sus ojos encendidos. Abrió la boca para increparle, para recriminarle, para decirle todo lo que pensaba de ella en esos momentos, pero se dio cuenta de que le faltaban palabras. Aun así, prosiguió. Soltó con rabia sus gritos y gruñidos honestos. Fue inútil. De inmediato, ella con su infinito poder cerró toda discusión: ¡He dicho que no hay caramelos y punto!