Corazón

Tres horas antes de morir, Jacinto Buenaventura. conoció a Georgina Ledesma. El encuentro fue casual, brusco, hasta triste. Él acudía para oír sentencia, erguido como una foca. Ella, en cambio, salía con su taconeo sinuoso de abogada que ha triunfado una vez más ante el estrado. Fue entonces cuando ambas miradas se rozaron descuidadas e indefensas.

Arturo, el abogado de él, los presentó.

Cruzaron apenas un apretón de manos y una mueca; y, como una pequeña pero indómita fianza, en su palma quedó la tarjeta de ella.

Sobre lo que sucedió después, poco se sabe. El recepcionista del hotel asegura que llegaron a las nueve, enredados en besos. Pagó ella y subieron a la habitación. A las diez, Jacinto pidió dos cervezas, cuatro tostadas, mermelada de fresa, helado de chocolate y un tenedor.

No hubo ruidos extraños, solo lo habitual.

Al día siguiente, la policía retiró dos cuerpos. El de Georgina, no.


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