Nov
26
2009
Tres horas antes de morir, Jacinto Buenaventura. conoció a Georgina Ledesma. El encuentro fue casual, brusco, hasta triste. Él acudía para oír sentencia, erguido como una foca. Ella, en cambio, salía con su taconeo sinuoso de abogada que ha triunfado una vez más ante el estrado. Fue entonces cuando ambas miradas se rozaron descuidadas e indefensas.
Arturo, el abogado de él, los presentó.
Cruzaron apenas un apretón de manos y una mueca; y, como una pequeña pero indómita fianza, en su palma quedó la tarjeta de ella.
Sobre lo que sucedió después, poco se sabe. El recepcionista del hotel asegura que llegaron a las nueve, enredados en besos. Pagó ella y subieron a la habitación. A las diez, Jacinto pidió dos cervezas, cuatro tostadas, mermelada de fresa, helado de chocolate y un tenedor.
No hubo ruidos extraños, solo lo habitual.
Al día siguiente, la policía retiró dos cuerpos. El de Georgina, no.
Sin comentarios | Microrrelatos
Nov
19
2009
Ya no sé cuál es mi nombre. Lo he perdido. Hace tanto, que ya no me asusta su ausencia. De niño me llamaban de una forma cariñosa. Al crecer lo abandoné por el que creí me pertenecía y concebía como más real o adulto. Sin embargo, desde mucho tiempo atrás, esas letras se apartaron de mí y dejaron de identificarme. Es cierto que respondo a quien me llame de tal forma, pero ahora solo es por rutina. Rutina que está desapareciendo.
A veces escucho otros nombres, volteo y me siento confundido cuando descubro que no me hablan.
Ayer, en la mañana, me estuve mirando en el espejo y me desconocí. Y, ahora, ya no sé si termino de escribir o de leer esto.
Sin comentarios | Microrrelatos
Nov
12
2009
—¡Repítelo!
—No hace falta.
—¡Repítelo he dicho!
—No hace falta.
—¡Vete a la mierda!
—No hace falta.
—¿Dónde están? ¡Ponlos al teléfono!
—No hace falta.
—Si has tocado a los niños, te mato. ¿Me oyes bien? ¡Te mato!
—No hace falta.
Sin comentarios | Microrrelatos
Nov
5
2009
Desde el primer día que se casaron le inculcó cómo debía comportarse una viuda. Le dio instrucciones precisas para administrar su legado y de cómo tendría que preservar su memoria siendo estricta con las publicaciones de sus libros. Le enseñó también de qué forma debería guardar los borradores originales y hasta cuánto podría negociar por los aún inéditos. Le remarcó, eso sí, que estos últimos debería sacarlos a la luz, poco a poco, como si a ella misma le hubiese costado años de investigación entre miles de decrépitos folios amarillos. A una semana de terminar con las lecciones, se divorciaron, pero él no se dio por vencido. Antes de sentarse a escribir la primera de sus insignes novelas y marcar así el inicio de su magna obra, salió otra vez en búsqueda de aquella noble mujer que le permitiese sellar su destino.
Sin comentarios | Microrrelatos