Oct
29
2009
Después de un sueño intranquilo, despertó. Miró al hombre que yacía a su lado. Roncaba tranquilo, con la seguridad de estar donde debía. Ella se levantó. Avanzó en la oscuridad hasta la habitación de los niños. Arropó al mayor. Al más pequeño le retiró el chupón de la boca. Se movió un poco, pero después se quedó quieto, como un pececito en la oscuridad. Cuando vio que todo estaba en orden, se alejó. En la puerta del baño se detuvo. Entró. Al salir, un hálito de luz danzaba en sus ojos. Al acostarse, su mirada se apagó con la melancólica dignidad del amor alcanzado.
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Oct
22
2009
Ella ríe. Él no.
El agua cae tibia, suave. Él le pasa la mano por su pecho terso, su espalda dulce. Los dedos bajan, tensos, restregándose entre las nalgas. Pronto, el dedo índice encuentra su objetivo, pero no entra, solo merodea despacio. Eyacula. Ella se estremece por la presión allí abajo y voltea sorprendida.
—¿Caca, papá?
—No, cariño… —le acaricia el cabello—. Tranquila. Ya falta poco. Vas a quedar muy limpita.
El agua cae tibia.
Ella ríe. El no.
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Oct
15
2009
Al terminar su elocución ante el estrado, sus manos nerviosas de abogada novata se agitaron como palomas gordas que aspiran alcanzar el cielo. Entonces, trató de sonreír, de parecer amable y se retiró a su sitio despacio, como pidiendo disculpas, dejando un hilillo de estupor con su delicadeza de elefante.
Durante varios segundos, en los presentes cicatrizó cada palabra oída, hasta dejarles una huella imperceptible en sus conciencias.
Ya en su asiento, la abogada volvió a intentar una sonrisa de mermelada, pero el gesto se extravió entre sus dientes. Su defendido la observó perplejo, derrotado, intuyendo que ni siquiera pondrían una suma para la fianza.
Se equivocó. Fue absuelto.
Y, mientras él la abrazaba efusivamente, ella le dio un minúsculo mordisco en la oreja. Erótico, sensual, que encerró en ese instante, todo el fuego de la tarde.
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Oct
8
2009
Cogió de la estantería una novela de misterio y se sentó en el estudio con la atención fija en la puerta. De espaldas al ventanal, trató de no mirar el inevitable parque de sauces mecidos por el viento.
Desde una foto en la pared, una mujer le miraba alegre.
De pronto, mientras pasaba las hojas de la novela, percibió la respiración del asesino y su sonrisa se crispó como una larga cicatriz en el rostro.
Empuñó el arma y esperó. Sabía que sus vidas eran solo tres sustantivos elegidos para este encuentro.
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Oct
1
2009
Al despertar, se miró con decepción. Seguía siendo Gregorio Samsa.
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