Ago 27 2009

Fiesta

Cuando el reloj dio las cinco campanadas, un grito atroz fulminó la mansión y desapareció el primer invitado. Al oscurecer, mientras el sol huía desangrándose detrás de los cerros, más de uno rezó en silencio una plegaria.

Durante la cena, los mayordomos retiraron con sigilo dos sillas más y todos reservaron sus comentarios. Solo el anfitrión hizo una furtiva alusión. Habló animadamente sobre Babel y Babilonia, y el ánimo se distendió hasta que las campanas volvieron a tañer.

Al mismo instante, una copa de coñac cayó sobre la alfombra y los demás se trasladaron a uno de los salones contiguos. Nada dijeron sobre el que dejaron atrás.

El dueño de la hacienda volvió a elevar su voz sobre el resto. Hizo un brindis por la vida, la amistad y el destino. Luego, la velada se prolongó hasta pasada la media noche, cuando el menor del grupo, vio a través de la ventana que la luna se ocultaba siniestra entre las nubes.

Al amanecer, la servidumbre aseó las habitaciones desiertas.


Ago 27 2009

Mauricio

Desde cualquier sitio se podía sentir su presencia vil como el paso fugaz de una cucaracha. Antes era distinto, pero su mirada descendió hasta hacerse añicos y dejó en él la huella de un grito y una sonrisa macabra. En cualquier momento elevaba su voz aguda, irritante, de graznido salvaje. “¡Chíl! ¡Chíííl! ¡Chííííííl!”, repetía cada vez más alto hasta quedarse dormido. Solía orinarse echado en la cama, en el sillón, en donde fuera. Defecaba igual, siempre con su chillido terrible y su risa de encías cargadas de baba.

A pesar de nuestros esfuerzos encontraba el medio de escabullirse arrastrándose por el suelo. Solo cuando dormía encontrábamos la paz. Pero era una calma inerte como de arena deformada por el agua.

Han pasado muchos años y cada vez me cuesta recordarlo. Por eso grito “¡Chíl! ¡Chíííl! ¡Chííííííl!”. También me he sacado los dientes para retener su imagen en el espejo. No sé por qué nadie entiende lo que hago. Él solo tenía ocho meses.


Ago 20 2009

Hijo

Me acusan de maldad infinita, pero nada hay de cierto en ello. Mi naturaleza es tan vil como la de cualquiera. Además, nunca he pretendido perjudicar a nadie, aunque eso el vulgo no lo comprenda. También dicen que estoy maldito, pero debatir esto resulta inútil. A pesar de todo, su ignorancia y su precaria noción de la vida me inspiran misericordia. Por eso, cuando visito el pueblo, evito que noten mi presencia. Entiendo su temor ahogado de respeto. No en vano es noble mi apellido.

De noche, alguna vez he intentado pasear libremente por las calles que llevan los nombres de mis antepasados, pero el llanto de la plebe ahuyentó mis anhelos. Ahora solo voy si preciso de alimento. El resto del tiempo permanezco en casa. Por las ventanas me gusta mirar el firmamento porque me abriga cuando más lo necesito. Después, al bajar la niebla, paseo por los salones y visito a mis ancestros. Suelo contarle a cada uno la vida de sus predecesores pero quietos, en sus marcos dorados, no se inmutan. También les hablo de mí y de cómo sobrellevo la cruz del apellido. Mi retrato está próximo al de ellos, junto a un cuadro vacío por el hijo que no tengo. En ocasiones me gusta imaginar que sí y jugamos a las escondidas por los salones, las escaleras, las torres… Suelo enseñarle las constelaciones. Si me equivoco me abraza la pierna y se ríe. A él no le he puesto nombre, porque, después de tantos años, temo olvidarlo o confundirme. Solo le digo “hijo” y eso basta para ambos. A veces juego a que él se ha ido y regresa adulto. Entonces corro feliz hacia la puerta de este castillo para abrazarlo antes de que, con amor infinito, me hunda la estaca en el corazón.


Ago 13 2009

Encantamiento

A pesar de su amor profundo, fortuito, fugaz, perdido en el rencor de las mantas revueltas, evitó —como le habían sugerido— darle un beso.

Al salir, no olvidó dejar para los siete pequeños ancianos la bolsa de monedas. Esta cayó sobre la mesa como un castillo con hadas muertas.

La princesa nunca despertó.


Ago 6 2009

Paz

La muerte, para él, no encerraba ya sorpresas ni soterrados secretos. Con amor, apartó el cadáver de su esposa y el de su pequeño y procedió a seguirles. Llevó el cañón del arma a la boca. Sintió el metal caliente quemándole la lengua y los dientes. El dolor le obligó llorar y justo cuando iba a apretar el gatillo, dudó.

Al derribar la puerta, la policía lo halló junto a su familia, encharcado sobre su vómito. El arma estaba lejos y él permanecía quieto. Parecía también muerto, a no ser porque reía con los ojos fijos en su mano abierta, alzada, entera, pero vil, como sin dedos.