Jul
30
2009
Totalmente ajeno a los últimos resquicios de la Guerra de los siete años, solía salir siempre a altas horas de la noche. Avanzaba por la oscuridad de Londres buscando siempre una mujer bajo la luna, con la misma enigmática y muy rara expresión de aristócrata de mediados del siglo diecinueve.
Curiosamente, después de muchas investigaciones, cuando se encontró a la quinta víctima igual que a las demás —con la garganta cortada de izquierda a derecha, con severas mutilaciones y sin útero—, se sospechó de él, pero la policía rápidamente lo dejó en libertad. No se sabe si fue en atención a sus refinadas maneras, a su posición social, a su educado mutismo, o, tal vez, a que consideraron que el infeliz se había adelantado a su época.
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Jul
23
2009
Hace un mes, exactamente, durante la noche, oímos sus gritos de terror y comprendimos que la crisis había vuelto. Nada quedó de la paz y el sosiego que esta casa de campo le permitió disfrutar durante unos meses. En su mirada apenas sobrevivió el eco de una sombra inútil.
De inmediato volvió a sus medicamentos. Incluso el doctor aumentó la dosis, pero no surtió efecto. Las pesadillas que tanto temíamos asediaban de nuevo. Amanecía con heridas en los brazos y en las piernas. El dormitorio también sufría las consecuencias de las batallas. Al amanecer, decía que durante los encuentros, en la oscuridad, la bestia sonreía mientras la sangre explotaba en sus belfos. Era cierto. Esta madrugada, cuando derribamos la puerta, en sus ojos pudimos ver el salvaje canto de la luna, mientras, ella, acurrucada como una niña, gruñía satisfecha, terminando de comerse su mano derecha.
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Jul
16
2009
Afuera, la ciudad se comía el horizonte. Y, aunque dentro, los muebles devoraban sus sueños, después de servir el almuerzo a sus nietos, abrió con esperanza su libro.
Avanzó muchas páginas, más que otros días, y sonrió llena de ilusiones insignificantes hasta que se quedó dormida como un castillo olvidado en medio de la cama.
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Jul
9
2009
Había aprendido a ignorar a mamá.
Se sentó frente al televisor sin mirar la casaca del desconocido sobre el sofá ni la puerta cerrada al fondo del pasillo. Miró el reloj con cierta impaciencia. Cambió de canal, elevó el volumen y empezó a contar los billetes arrugados de su bolsillo. Se dio cuenta de que no era lo convenido.
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Jul
2
2009
Durante el velatorio, entró seguida de policías y una orden judicial. El desprecio de sus pasos avanzó hasta la mujer de negro que sollozaba junto al ataúd.
La ignoró y posó sus uñas rojas sobre el cristal. Miró el cadáver del hombre calvo y dejó la huella de sus labios en el vidrio. Luego se volvió hacia todos. A fuerza, los guardias echaron a los dolientes.
Cuando se quedó sola, miró con desdén la rutina del mobiliario. Después, subió las gradas hasta el segundo piso. La habitación seguía en el mismo lugar. Al acostarse, percibió la violencia de un colchón distinto, pero igual, pudo dormir tranquila y, por fin, sin sobresaltos. Siempre había detestado a esa amante de su marido y su familia de indigentes.
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