May
28
2009
Él era un hombre sin peripecias. Su rostro limpio, impecable en todo momento, era el escrupuloso diario abierto de su vida.
Solía pasar el día a poca distancia de sí mismo, revisando siempre sus propios actos de soslayo. En ocasiones muy limitadas, algún suceso repetido, demasiado cotidiano, le causaba un poco de alborozo y su boca, usualmente desparramada, se llenaba de curiosidades.
Solo entonces se ponía a escribir. Cartas, en general. Y mientras la tinta corría como un hilo azul, se volcaba hacia el papel, hacia sus parientes, amigos, antiguas novias, todos ellos ficticios, con la única esperanza de convertirse, al fin, en un recuerdo.
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May
21
2009
Respiras profundamente, con la nariz húmeda y el olfato atento. A pesar de la distancia que los separa, puedes ver en su rostro la fuerza del tuyo. Entonces ríes, y tu carcajada cruje la noche. Ella huye, pero cae una y otra vez en el salón, las escaleras, los pasillos. La sigues mientras su sangre te violenta, te insulta. Intentas una caricia y tus garras hieren su piel. Grita. Para apaciguarla, abres bien tus fauces para que comprenda tus palabras de paz, de amor, pero no distingue nada entre tus gruñidos. Como último intento sólo atinas a reír otra vez y el castillo replica tu aullido siniestro, maldito. Ella se asusta aún más y vuelve a gritar mientras percibes que el verdadero dolor crece dentro, otra vez, para humedecer tus ojos y ahogar su esperanza. Y no quieres, no. La abrazas desesperado, corres hasta la habitación de siempre y, frente al gran ventanal de cortinas de terciopelo azul, le das un beso tierno, brutal. Dejas su cuerpo con el rostro destazado junto a los demás cadáveres y te alejas. Subes las escaleras hasta una de tus torres preferidas. Por la ventana, más allá del bosque y de tus tierras, vigilas en el horizonte la primera luz del alba y esperas que, bajo alguna de esas estrellas que se marchan, aparezca la mujer que sí crea, de corazón, en el amor infinito entre una bella y una bestia.
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May
14
2009
Hacía calor. Benito a ratos golpeaba el vidrio señalando a las palomas que volaban cerca, alrededor de las copas de los árboles.
—Mamá, ¡loma!, ¡loma! —gritó feliz con el dedo en el cristal.
—Baja de la silla y ven —le ordenó más por costumbre que con autoridad.
Él siguió allí.
Miriam se sentó en el sofá. Estaba cansada, muy cansada. Hacía calor. Demasiado.
Cerró los ojos, quería dormir y agradeció ese pequeño instante de silencio. Una ventisca brusca, fría, refrescante, cruzó el salón. Se incorporó, vio la silla vacía, la ventana abierta, pero no se quiso asomar.
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May
7
2009
Estiró la mirada hacia ella. Los ademanes de ciudad iban desapareciendo. También la voz semidesnuda. Solo la respiración seguía insolente con la mirada tan escarpada como al principio. Cobró valor y le tendió la mano, pero ella no cruzó el abismo y se alejó quizá más de lo que hubiese querido. Ambos tenían demasiada vida adentro.
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May
1
2009
Él era un personaje ficticio y lo sabía. Igual que su creador, gustaba del café, se entretenía conversando por largas horas y compartía el luctuoso defecto de escribir. A diferencia de su autor ―constructor de personajes efímeros hechos a su semejanza― él quería elaborar uno que no se le pareciese en absoluto. Hizo varios, pero los desechó pues todos resultaron vanas y superfluas extensiones suyas. Entonces probó una nueva forma. Intentó crear un pequeño instante, uno diminuto, en donde su personaje pudiese vivir ajeno a él. Liberarse. Con tranquilidad meditó cuál sería el momento más adecuado. Miro su reloj, luego se asomó a la ventana: observó el sol, la calle adoquinada, el viento suave silbando entre los sauces del parque y su creador, quieto, bajo el calor de la tarde.
Salió entonces y se encontró con él. Ambos se miraron un momento con una sonrisa triste en los labios. Como hermanos se despidieron para siempre en un solo gesto y luego, sombra y él, tomaron caminos diferentes.
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