Dic
24
2009
Mi abuelo siempre me esperaba sentado en la terraza con una sonrisa de recuerdos.
A juzgar por su apariencia, cualquiera habría pensado que era un hombre tranquilo, sin ninguna rebeldía, pero cuando crecí descubrí algo de viento en sus gestos. De eso jamás me habló papá. Y cuando insistía en preguntar, él permanecía mudo, con los ojos en el abuelo, mientras rostro se contraía como un horizonte lleno de caminos.
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Dic
17
2009
Sueña. El bebé llora. Se levanta exhausta, otra vez, como hace tres horas. Le da el pecho, le cambia el pañal, lo arrulla y lo acuesta. Siempre lo dicen. Los primeros meses no se duerme. Vencida, se deja caer de nuevo sobre las mantas. En la oscuridad, por instinto, estira la mano hacia su hijo. Le acaricia con suavidad, como queriendo abrigar un recuerdo hasta que, finalmente, se rinde ante el cansancio. Y toda la noche permanece así, echada en la cama, sin querer despertar, soñando feliz junto a la cuna vacía.
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Dic
10
2009
Papá era de palabras breves. Economizaba también sus gestos y, por eso, entre nosotros, competíamos por alcanzar el beneplácito de su ceja levantada. Mamá también trataba de vencernos para atesorar esos escasos momentos, pero no tenía la fortaleza suficiente. Nunca la tuvo. La mañana en la que él se marchó, ella nos abrazó sin percatarse que la escasa pelusa sobre el ojo izquierdo de mi padre se estiraba lentamente hasta quedarse quieta. Siempre quise creer que nos regaló un último gesto de aprobación. No fue así. Ninguno se atrevió a llorar cuando el doctor terminó de apagar los aparatos.
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Dic
3
2009
La ira empezó a dominarle. ¡Era todo tan inaudito e inconcebible! Injusto, además. No podía concebir cómo ella era incapaz de apreciar el gran esfuerzo que había hecho hasta ese momento. Sintió que su enorme sacrificio resultaba inútil. Era evidente que no valoraba sus silencios apropiados o sus movimientos nada excesivos. Y, no, claro, eso no podía ser. Más si ella era quien le había pedido proceder de esa manera. Por eso, su mirada saltó en erupción desde sus ojos encendidos. Abrió la boca para increparle, para recriminarle, para decirle todo lo que pensaba de ella en esos momentos, pero se dio cuenta de que le faltaban palabras. Aun así, prosiguió. Soltó con rabia sus gritos y gruñidos honestos. Fue inútil. De inmediato, ella con su infinito poder cerró toda discusión: ¡He dicho que no hay caramelos y punto!
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Nov
26
2009
Tres horas antes de morir, Jacinto Buenaventura. conoció a Georgina Ledesma. El encuentro fue casual, brusco, hasta triste. Él acudía para oír sentencia, erguido como una foca. Ella, en cambio, salía con su taconeo sinuoso de abogada que ha triunfado una vez más ante el estrado. Fue entonces cuando ambas miradas se rozaron descuidadas e indefensas.
Arturo, el abogado de él, los presentó.
Cruzaron apenas un apretón de manos y una mueca; y, como una pequeña pero indómita fianza, en su palma quedó la tarjeta de ella.
Sobre lo que sucedió después, poco se sabe. El recepcionista del hotel asegura que llegaron a las nueve, enredados en besos. Pagó ella y subieron a la habitación. A las diez, Jacinto pidió dos cervezas, cuatro tostadas, mermelada de fresa, helado de chocolate y un tenedor.
No hubo ruidos extraños, solo lo habitual.
Al día siguiente, la policía retiró dos cuerpos. El de Georgina, no.
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Nov
19
2009
Ya no sé cuál es mi nombre. Lo he perdido. Hace tanto, que ya no me asusta su ausencia. De niño me llamaban de una forma cariñosa. Al crecer lo abandoné por el que creí me pertenecía y concebía como más real o adulto. Sin embargo, desde mucho tiempo atrás, esas letras se apartaron de mí y dejaron de identificarme. Es cierto que respondo a quien me llame de tal forma, pero ahora solo es por rutina. Rutina que está desapareciendo.
A veces escucho otros nombres, volteo y me siento confundido cuando descubro que no me hablan.
Ayer, en la mañana, me estuve mirando en el espejo y me desconocí. Y, ahora, ya no sé si termino de escribir o de leer esto.
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Nov
12
2009
—¡Repítelo!
—No hace falta.
—¡Repítelo he dicho!
—No hace falta.
—¡Vete a la mierda!
—No hace falta.
—¿Dónde están? ¡Ponlos al teléfono!
—No hace falta.
—Si has tocado a los niños, te mato. ¿Me oyes bien? ¡Te mato!
—No hace falta.
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Nov
5
2009
Desde el primer día que se casaron le inculcó cómo debía comportarse una viuda. Le dio instrucciones precisas para administrar su legado y de cómo tendría que preservar su memoria siendo estricta con las publicaciones de sus libros. Le enseñó también de qué forma debería guardar los borradores originales y hasta cuánto podría negociar por los aún inéditos. Le remarcó, eso sí, que estos últimos debería sacarlos a la luz, poco a poco, como si a ella misma le hubiese costado años de investigación entre miles de decrépitos folios amarillos. A una semana de terminar con las lecciones, se divorciaron, pero él no se dio por vencido. Antes de sentarse a escribir la primera de sus insignes novelas y marcar así el inicio de su magna obra, salió otra vez en búsqueda de aquella noble mujer que le permitiese sellar su destino.
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Oct
29
2009
Después de un sueño intranquilo, despertó. Miró al hombre que yacía a su lado. Roncaba tranquilo, con la seguridad de estar donde debía. Ella se levantó. Avanzó en la oscuridad hasta la habitación de los niños. Arropó al mayor. Al más pequeño le retiró el chupón de la boca. Se movió un poco, pero después se quedó quieto, como un pececito en la oscuridad. Cuando vio que todo estaba en orden, se alejó. En la puerta del baño se detuvo. Entró. Al salir, un hálito de luz danzaba en sus ojos. Al acostarse, su mirada se apagó con la melancólica dignidad del amor alcanzado.
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Oct
22
2009
Ella ríe. Él no.
El agua cae tibia, suave. Él le pasa la mano por su pecho terso, su espalda dulce. Los dedos bajan, tensos, restregándose entre las nalgas. Pronto, el dedo índice encuentra su objetivo, pero no entra, solo merodea despacio. Eyacula. Ella se estremece por la presión allí abajo y voltea sorprendida.
—¿Caca, papá?
—No, cariño… —le acaricia el cabello—. Tranquila. Ya falta poco. Vas a quedar muy limpita.
El agua cae tibia.
Ella ríe. El no.
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